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Detrás de un vidrio grueso

Hay una estrategia mnemotécnica conocida como “método de loci” o “palacio de la memoria”. Consiste en imaginar que colocás las cosas que querés recordar en un lugar que conocés muy bie...

Detrás de un vidrio grueso

Hay una estrategia mnemotécnica conocida como “método de loci” o “palacio de la memoria”. Consiste en imaginar que colocás las cosas que querés recordar en un lugar que conocés muy bie...

Hay una estrategia mnemotécnica conocida como “método de loci” o “palacio de la memoria”. Consiste en imaginar que colocás las cosas que querés recordar en un lugar que conocés muy bien, como la casa de tu infancia. Si querés memorizar los ítems de una lista de supermercado, por ejemplo, imaginás un paquete de fideos sobre la mesa del living, las hamburguesas sobre la máquina de coser de tu abuela o un chocolate encima de tu cubrecamas de Los Simpson. Después recorrés esa casa en tu cabeza y, al pasar por cada ambiente, encontrás los objetos que necesitás.

Si tuviera que construir una estructura mental para recordar todos mis rencores, no sería la casa de mi infancia ni un palacio, sino una prisión. Una parecida a la que aloja al peligroso asesino caníbal Hannibal Lecter en El silencio de los inocentes, una película que vi no sé cuántas veces: pisos de cemento alisado, paredes gruesas de ladrillos rústicos y celdas bien iluminadas en las que los barrotes fueron reemplazados por gruesos paneles de vidrio. Para recordar por qué los encerré ahí.

Imagino ahora un pabellón en la planta baja de ese edificio. Es el de mínima seguridad y está reservado para delitos menores, contravenciones. En ese lugar encerré, por ejemplo, a un colega un poco vago y deshonesto que, cuando yo recién empezaba en el periodismo, me mandaba a realizar notas y coberturas al otro lado de la Ciudad que después firmaba como propias. Como el Código Penal que rige este presidio no discrimina entre sexo ni edad, a su lado está la “seño” que hace 37 años, en mi último día en el jardín de infantes, me sacó un muñeco de He-Man que me acababan de regalar y jamás me lo devolvió. Hay, asimismo, un recién llegado: el nene que hace unos días me gritó “señora” delante de media plaza porque quería que le alcanzara una pelota.

Cuanto más abajo está un pabellón, peor es el crimen.

En el primer subsuelo se encuentra el sector de seguridad media, uno de los más poblados. Allí veo a quien alguna vez fue mi mejor amigo. Rompió una amistad de diez años porque no logró convencerme de que Nicolás Maduro era un gran presidente ni de que buena parte de los males del mundo respondían a una conspiración judeo-masónica. Al final de un pasillo también está aquel exjefe amarrete que, durante un viaje de trabajo a Panamá, me hizo dormir en el suelo, junto a su cama, para no pagarme una habitación propia. Más tarde descubrí que había usado la única manta que me dio para hacer cosas indecibles con una muchacha. Qué pena, esta celda tampoco tiene cama. Ahora le toca a él dormir en el suelo.

Para mi sorpresa, veo por aquí y por allá algunas celdas vacías. Pertenecían a esos presidiarios atípicos que alguna vez me ofendieron y, tiempo después, hicieron méritos para rehabilitarse. No soy insensato, sé que cualquiera puede tener un mal día.

Pero bajemos al segundo subsuelo, el de máxima seguridad, que aloja a un solo prisionero.

Hola, papá.

Nunca te entendí. Entrabas a casa y tu expresión se tornaba sombría. Nos saludabas sin entusiasmo, con el cariño que se podía esperar de un gólem recién animado y te alejabas arrastrando los pies hasta tu habitación. Ahí comías la cena solo en la cama, iluminado apenas por los haces verdes y azules que la televisión proyectaba sobre tu cuerpo. Cuando golpeaba tímidamente la puerta y, en medio de esa penumbra, intentaba contarte algo que me había sucedido, tenía suerte si podía arrancarte dos monosílabos. Pero eras el mejor amigo de tus amigos, tenías esa risa expansiva que tanto los divertía durante los asados. Lástima que tus hijos no te despertaran ese mismo entusiasmo.

Disfruto verte detrás de este vidrio grueso, pero no me engaño: sé que esta celda no es invulnerable. A veces tu sombra todavía se escabulle y me recrimina en sueños que no te acompañé en tu hora final.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/detras-de-un-vidrio-grueso-nid05082026/

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