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El valor del perdón en la crianza: aprender a perdonar y perdonarnos

Muchas veces es necesario que los adultos pongamos límites, que nos enojemos, hasta que nos ofendamos (por un rato), pero tenemos que aprender a salir de nuestro ...

El valor del perdón en la crianza: aprender a perdonar y perdonarnos

Muchas veces es necesario que los adultos pongamos límites, que nos enojemos, hasta que nos ofendamos (por un rato), pero tenemos que aprender a salir de nuestro ...

Muchas veces es necesario que los adultos pongamos límites, que nos enojemos, hasta que nos ofendamos (por un rato), pero tenemos que aprender a salir de nuestro enojo y a no quedarnos resentidos, a no volver una y otra vez sobre el mismo reclamo o enojo.

Ser capaces de perdonar siempre mejora nuestras relaciones. Ese perdón también debe incluirnos a nosotros mismos, ya que cuando no toleramos equivocarnos y no somos capaces de perdonarnos, vamos a enojarnos con la persona que despierta esa mala respuesta nuestra (para evitar sentir culpa). Por ejemplo, decimos: “Yo no le habría gritado si ella no me hubiera hablado mal primero”.

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Empieza entonces un círculo vicioso de culpas del que hablo en Criar hijos confiados, motivados y seguros, en el que los dos buscamos que el otro tenga la culpa… y ninguno aprende nada. La culpa es como una papa caliente, me quema en las manos y por eso se la paso al otro, que me la pasa de vuelta porque también le quema. Nosotros somos los adultos y podemos detenernos a empatizar con el dolor de nuestro hijo, disculparnos por aquello que le dolió y lo hizo reaccionar de forma inadecuada, sin necesidad de que subamos el tono ni de contraatacar.

Esto no significa guardarnos lo que el otro nos hizo sentir. Hablemos de lo que no nos gusta o de lo que necesitamos, aunque es probable que tengamos que esperar hasta que todos volvamos a la calma para hacerlo. Y así lograremos pasar la página. Perdonar lo sucedido es un favor que nos hacemos a nosotros mismos, sin quedarnos pegados a lo que nos enojó. De todos modos, perdonar no significa olvidar, sino no quedar “atrapados” en la ofensa, el enojo, el dolor o la desilusión.

En un cuento, dos monjes llegan al río y se encuentran a una mujer desesperada porque tiene que cruzarlo para cuidar a su marido muy enfermo, pero ella no sabe nadar. Los monjes le explican que, por sus votos de castidad, no pueden tocarla. Pero al ver su desesperación, el mayor de los dos decide ayudarla, cargándola hasta el otro lado del río. Los monjes siguen su camino y cuando llegan al monasterio el más joven sigue preocupado por su compañero que rompió sus votos. “¿Qué vas a hacer ahora?”. Sabiamente el monje más adulto le responde: “Es verdad que yo la cargué en el río, pero vos lo hiciste todo el camino y seguís cargándola ahora”.

Es muy enriquecedor para nuestros hijos vernos en repetidas experiencias con ellos —y delante de ellos— perdonarlos, disculparnos y aceptar sus disculpas, pasando después a otros temas sin reclamos, sin que pierdan nuestro amor, permitiendo que bajen la ansiedad y el estrés en la relación con ellos.

Todos nos equivocamos; seamos compasivos como nos gustaría que lo fueran con nosotros. Para perdonar, ayuda pararnos desde la confianza de que todos están haciendo lo mejor que pueden, según las circunstancias que atraviesan.

Esto no quiere decir que dejemos que nos lastimen una y otra vez; sepamos alejarnos o marcar nuestros límites cuando esto sucede. Perdonar no quiere decir que dejamos pasar todo, no significa que no nos importa, ni que estamos de acuerdo con lo que sucedió, ni que lo olvidamos. Intentemos salir de nuestro enojo lo más pronto posible para dar lugar al aprendizaje, la reparación de los daños y a una consecuencia adecuada.

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Pedir disculpas

Que nuestra prioridad sea recomponer el vínculo con una mirada compasiva. Me equivoqué, te pido disculpas (en lugar de pedir perdón) son frases mágicas… Nos equivocamos muchas veces y va a volver a ocurrir. Acostumbrémonos a aceptarlo, reconocerlo y pedir disculpas, dando al otro tiempo necesario para que nos perdone, lo que no siempre va a ocurrir automáticamente ante nuestra disculpa.

Por este camino, en un proceso circular virtuoso, aprendemos y, a la vez, enseñamos a reconocer los errores, pedir disculpas y tolerar el enojo o la ofensa ante el error. Como dice Donald Winnicott: “Basta con que seamos suficientemente buenos, no solo nosotros, los padres y madres, sino también nuestros hijos”.

¿Y cuál es la diferencia entre pedir perdón y disculparnos? En inglés se dice “I’m sorry”, que significa “lo lamento”. Cuando digo que lo lamento o me disculpo no pretendo que el otro me perdone, le doy tiempo para procesar lo ocurrido. En cambio, cuando pido perdón espero que lo haga, incluso me enojo, me ofendo o me duele si no lo hace. La realidad es que no está en nuestras manos su perdón; sí podemos reconocer nuestro error y disculparnos, expresando que lamentamos haber dicho o hecho tal o cual cosa. Así somos modelo para ellos y abrimos el portal para la reparación del daño causado, aunque haya sido involuntario, que tanto bien nos hace a todos.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/salud/mente/el-valor-del-perdon-en-la-crianza-aprender-a-perdonar-y-perdonarnos-nid31072026/

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