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En el Mundial, los países disputaron también el soft power

Durante un mes el planeta pareció girar alrededor de una pelota. Pero detrás de cada partido del Mundial 2026 también se jugaron otras competencias: la búsqueda de prestigio internacional, las ...

En el Mundial, los países disputaron también el soft power

Durante un mes el planeta pareció girar alrededor de una pelota. Pero detrás de cada partido del Mundial 2026 también se jugaron otras competencias: la búsqueda de prestigio internacional, las ...

Durante un mes el planeta pareció girar alrededor de una pelota. Pero detrás de cada partido del Mundial 2026 también se jugaron otras competencias: la búsqueda de prestigio internacional, las disputas diplomáticas, la construcción de imagen de los países y la demostración de poder de los líderes políticos. El fútbol volvió a confirmar que es mucho más que un deporte.

“El Mundial no transforma un país en una potencia ni modifica alianzas estratégicas”, le dice a LA NACION Juan Negri, director de la carrera de Ciencias Políticas y Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella. “Sin embargo, existe un terreno donde su impacto es innegable: el del soft power, la capacidad de un Estado para influir a través del prestigio, la cultura y la atracción antes que mediante la fuerza”.

La propia FIFA es un ejemplo de esa tensión entre deporte y política. Para Negri, hace tiempo que la elección de las sedes dejó de responder únicamente a criterios futbolísticos. Rusia, Qatar, Estados Unidos, y en el futuro Arabia Saudita, muestran que un mundial se convirtió en una herramienta para ganar visibilidad internacional. “El deporte funciona como una búsqueda de prestigio. Hoy los países organizan un Mundial, más allá de lo deportivo, para aumentar su influencia y su presencia global”, afirma el politólogo.

Paradójicamente, esa expansión geográfica y la multiplicación de países sede también exhibe la falta de una línea política dentro de la FIFA. “Se mueve de Rusia a Qatar y de Qatar a Estados Unidos, sin ningún complejo. Da la impresión de que el Mundial va al mejor postor”, resume Negri, para quien el negocio terminó desplazando cualquier criterio basado en valores democráticos.

El torneo también reveló un cambio de equilibrio entre los Estados y la propia FIFA. Durante décadas predominó la idea de que la entidad imponía sus condiciones y podía establecer sus propias reglas a los países organizadores, que debían dejar en pausa ciertas normas propias para no entorpecer el evento de carácter global. Esta vez ocurrió algo diferente. La presencia permanente de Donald Trump, y su capacidad para influir en aspectos propios del fútbol, terminó convirtiéndose en uno de los hechos políticos más llamativos de la Copa. El cambio de una decisión reglamentaria que levantó la suspensión de la estrella de Estados Unidos, Florian Balogun, a pedido del magnate, fue el hecho más resonante.

“No recuerdo un jefe de Estado tan involucrado en el día a día de la competencia”, afirma Negri. Desde restricciones migratorias que afectaron a delegaciones hasta una presencia constante en los actos oficiales, Estados Unidos dejó claro que, esta vez, el poder político nacional no estaba dispuesto a ceder protagonismo. “La política de un país, como nunca, se hizo presente en la competencia”, sostiene.

Juan Gabriel Tokatlian, sociólogo especializado en relaciones internacionales, doctorado en la Johns Hopkins University School, aportó su mirada: “Este Mundial también expuso cómo los conflictos internacionales irrumpen en la cancha. El tratamiento recibido por la selección de Irán durante su paso por Estados Unidos fue uno de los episodios más preocupantes. El campeonato era la prolongación de una guerra por otros medios”, dice, parafraseando a Clausewitz. Interrogatorios migratorios, restricciones a integrantes de la delegación y un clima de hostilidad terminaron convirtiendo al seleccionado iraní en un símbolo de dignidad frente a la presión política. “Estados Unidos quedó como un perseguidor serial”, sostiene Tokatlian, profesor plenario de la UTDT.

Estados Unidos, principal país organizador del campeonato, dejó una imagen inédita: un presidente interviniendo abiertamente en un territorio que históricamente parecía reservado a la FIFA. Para Tokatlian, Trump no actuó por torpeza sino como parte de una lógica de poder. “La siguió ejerciendo en relación con la FIFA”, señala. El hecho revela que incluso una organización con alcance global puede verse subordinada cuando una superpotencia decide imponer sus reglas.

Ese duelo entre Trump y Gianni Infantino es, para el académico, uno de los grandes símbolos del torneo. De un lado, el líder de la principal potencia mundial; del otro, el dirigente de una organización que hoy mueve cifras superiores a las de muchos Estados. “Trump parece el alfa en esta relación, pero Infantino no es una criatura”, resume Tokatlian, que describe una relación donde ambos se necesitan y negocian cuotas de influencia.

“España levantó la Copa del Mundo, la Argentina quedó cerca de ‘la cuarta’, en tanto países como Brasil o Alemania sufrieron una clara derrota deportiva; pero, desde la política internacional, el torneo dejó un caleidoscopio de fenómenos que reflejan el estado del mundo, más que un simple reparto entre ganadores y perdedores”, observa el experto.

Otra dimensión que sobresale es la del fútbol como expresión de una sociedad cada vez más diversa. Tokatlian observa que este deporte democratiza como pocos el acceso al alto rendimiento y se convierte en un espacio privilegiado para las migraciones, el ascenso social y la construcción de identidades híbridas. Por eso relativiza las lecturas simplistas sobre el debate racial en torno a la Argentina. “Muchas de las críticas respondieron más a rivalidades futbolísticas y teorías conspirativas que a un análisis serio de la realidad social argentina”, afirma.

El Mundial también ofrece oportunidades para actores mucho más pequeños. Equipos como Noruega o Cabo Verde lograron instalarse en la conversación global mucho más allá de sus resultados deportivos. “Hay países que desarrollan una idea de marca país. Se vuelven los simpáticos del campeonato y construyen una identidad reconocible”, explica Negri. Remeros vikingos, camisetas, símbolos y relatos funcionan como herramientas de diplomacia cultural capaces de despertar curiosidad sobre naciones que habitualmente permanecen fuera del foco internacional.

La vidriera mundial fue también el marco para amplificar conflictos. El reclamo argentino por las Islas Malvinas volvió a adquirir proyección internacional gracias a una imagen espontánea que recorrió el mundo. El episodio no cambia la geopolítica, dice Negri, pero sí demuestra la capacidad del Mundial para reinstalar debates. “Lograste volver a poner el tema en discusión. El Mundial funciona como una vidriera extraordinaria para este tipo de reclamos”, señala.

Para Tokatlian, la situación que se vivió luego del encuentro con Inglaterra y la bandera que se coló en el campo de juego logró sacar la discusión del plano diplomático para instalarla en la conversación pública global. “Se abrió una oportunidad. Más gente se enteró de esta cuestión y empezó a preguntarse si el colonialismo sigue teniendo lugar en el siglo XXI”.

Lejos de ser un paréntesis para la política, este Mundial confirmó que el fútbol se convirtió en uno de sus escenarios privilegiados. Allí donde antes predominaba la diplomacia, hoy conviven la exhibición del poder, las guerras narrativas, las identidades nacionales y las disputas por la legitimidad.

Ningún campeonato redefine el orden internacional. Pero durante unas pocas semanas el Mundial concentra la atención del planeta y convierte cada gesto, cada bandera y cada decisión en un mensaje con impacto global. En un mundo donde la influencia también se mide por la capacidad de instalar conversaciones, el Mundial aparece como una verdadera plataforma de poder en este siglo XXI.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/en-el-mundial-los-paises-disputaron-tambien-el-soft-power-nid08082026/

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