Julio Cortázar: “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”
Hay...
Hay frases que parecen escritas hace décadas pero que, de algún modo raro, siguen describiendo lo que nos pasa hoy. “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”, escribió Julio Cortázar en 1963 en su famoso libro Rayuela, y lo que podría sonar a una historia de amor medio bohemia en París, hoy funciona casi como una analogía para pensar las relaciones humanas.
Porque sí, vivimos en un mundo hiperconectado, lleno de apps, redes sociales y algoritmos que supuestamente nos acercan a todo. Pero, al mismo tiempo, hay algo medio paradójico: estamos más expuestos que nunca y, sin embargo, muchas veces sentimos que no terminamos de encontrarnos con nadie. O peor, que ni siquiera sabemos bien qué estamos buscando.
Ahí es donde la frase del escritor argentino adquiere sentido en la actualidad. Cortázar habla de un encuentro que no es forzado, que no se programa ni se arregla. No hay estrategia, no hay cálculo. Hay una especie de intuición, de certeza silenciosa: aunque no estemos buscándonos activamente, en algún punto nuestros caminos se van a cruzar. Y eso, llevado al presente, choca bastante con esta lógica actual de “todo ya”, “todo rápido” y “todo bajo control”.
Hoy parece que hay que saber exactamente lo que uno quiere, a dónde va, con quién estar, qué vínculo construir. Si no lo tenés claro, quedás medio fuera la lógica imperante, pero la realidad es que muchas de las cosas más importantes —las personas que nos marcan, las oportunidades que cambian el rumbo, incluso ciertas decisiones clave— aparecen sin aviso, en momentos en los que no las estábamos persiguiendo.
La frase también invita a bajar un cambio. A confiar un poco más en el proceso, en el recorrido. No todo tiene que ser productivo, no todo tiene que tener un objetivo concreto. A veces simplemente se trata de andar, de moverse, de vivir, aunque no sepamos muy bien hacia dónde. Porque en ese “andar” también pasan cosas.
Y hay otro punto interesante: el encuentro no es sólo con otros, también es con uno mismo. En tiempos donde todo el tiempo estamos consumiendo contenido, opiniones y estímulos, detenerse a ver qué pasa realmente por el cuerpo y la mente se vuelve cada vez más difícil. Sin embargo, esa conexión interna también aparece de forma inesperada, en un viaje, en una charla, o incluso en un momento de soledad que no estaba planificado.
Por eso, recuperar una frase como esta no es un gesto nostálgico, sino casi una necesidad. Nos recuerda que no todo se puede controlar, que no todo depende de una decisión consciente o de un algoritmo bien afinado. Hay algo del orden del azar, de lo imprevisto, que sigue teniendo un peso enorme en nuestras vidas.
En definitiva, quizás Cortázar estaba hablando de amor, pero terminó diciendo algo mucho más amplio. Incluso en medio del caos, de la incertidumbre y de esta sensación constante de estar corriendo atrás de algo, hay encuentros que igual suceden. Aunque no sepamos bien cómo ni cuándo, en algún punto seguimos andando pero con la sospecha de que, tarde o temprano, algo o alguien nos va a encontrar.